viernes, 9 de julio de 2010

Ilusión




No dejo de ilusionarme. La ilusión es algo absolutamente necesario. Sin ella nuestra vida sería un total y absoluto hastío.
Amo los momentos de ilusión.
Todo mi ser se prepara para algo y actúa el contento, como si eso sucediera realmente.
Ahora bien, he aprendido a caer. Me he ejercitado largamente para saber caer. Tal como lo hacen los acróbatas, los equilibristas, los luchadores de todas las disciplinas. He aprendido cómo, cuando no puedo evitar que suceda, al menos estar preparada para cuando pase.
Ha sido duro el aprendizaje. Pero bien vale aprender a caer, por las tantas veces que uno disfruta y no cae y por aquella fantástica experiencia anticipatoria de la ilusión que tanto bien nos hace.
Durante mucho tiempo los golpes eran muy duros. Salía mal herida de cada uno de ellos. Y tanto goce de la ilusión se hacía trizas contra el suelo ante la furia de la desilusión.
Ya no creo en ella. Desilusión. No existes!!!! Ya he aprendido a gozar de los preparativos y también he aprendido a no golpearme al caer.
Detesto los amargos conjuros de aquellos que sepultan las ilusiones bajo el manto de un realismo pesimista que sólo empuja a más y más oscuridad.
Amo la luz de la ilusión. Amo sus latidos en mi pecho. Amo el acelerado ritmo de mi respiración. Amo las miles de imágenes que la componen y que llenan mi mente de situaciones gratas.
Ilusión… bendita.
Te espero a cada momento. Si luego no te cristalizas, una red amorosa contiene tus recuerdos, saca provecho de ellos y me protege de los golpes el camino recorrido para aprender a caer.

lunes, 10 de mayo de 2010

Naufragio....



Y allí estoy, como Franco, abrazada a una tabla en medio de la noche, muerta de frío, esperando que la soledad se transforme en compañía, simple, cálida y salvadora…. Siguen las olas golpeando sobre los restos de este naufragio; se mezclan en mi, la conciencia de estar viva y el dolor por los que ya no están más… también siento todavía el temor a no resistir, a no sobrevivir a tanta mar…………..
Siempre he amado las tormentas, las olas, la pasión, pero hoy me siento desarmada, a merced de los vaivenes del océano, del ir y venir del viento entre tanta bruma, entre tanto aire con sabor a sal…
Recorro cual moribundo, toda mi vida como en escenario… hay momentos deslumbrantes y otros absolutamente olvidables… Sin embargo todos forman una especie de cadena de eslabones absolutamente ligados, los que me hacen dar cuenta que ninguno de ellos es prescindible.
Es la misma cadena la que me salva, la misma que me ata a la vida, la misma que me hace ver que debo pasar cada uno de estos momentos, para poder seguir viva…
Dudo…. Dudo…. Dudo…….
Me suelto… me entrego…
Quiero descansar…
………………………………………………………

domingo, 7 de febrero de 2010

Salvemos a Oliverio...



Cuando el pobre Oliverio escribió Espantapájaros, allá por 1932, se debatía con lo que todos y cada uno de nosotros poseemos. Miles de "nosotros" conviviendo en nosotros.
"Soy una manifestación de personalidades"

Pero el pobre no pudo con ellas. Luchaba incansablemente para ocultarlas...cuando la solución era sólo observarlas, ponerlas a la luz, amarlas, verlas tal cuál son todas y cada una de ellas. Aceptarlas, procurar darles un espacio, ayudarlas, encaminarlas, poner las más aptas adelante, dejar las más débiles en un rinconcito.
Todas y cada una, engranajes indispensables de lo que somos.

"Yo Soy", yo soy UNO, pero tengo muchas partes, como todos somos uno con todos, esto se repite en nuestro interior. Y como en el universo, hay tormentas y armonía, guerras y paz.

Y YO SOY también el OBSERVADOR, el SUPREMO, el que pone órden a todas las cosas, "así en nosotros como en el Universo"



Espantapájaros 8 (Oliverio Girondo)
Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.

En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.

Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.

¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!

Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.

¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?

El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto...

Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.

Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

Oliverio Girondo
Espantapájaros 8


Querido Oliverio: has dado un gran paso viéndolas. No las ocultes! No las mandes a la mierda! Obsérvalas! Domestícalas! Te lo propongo, desde mi constante experiencia con mis "fieras". Hazlo!

sábado, 6 de febrero de 2010

Del infierno al cielo



Del infierno al cielo nos vivimos
Jugando a la belleza y al dolor
Del infierno al cielo en el delirio
Tejida la verdad, tejida la ilusión
Del infierno al cielo heridos
Como ángeles caídos de su Dios.

Del infierno al cielo la esperanza
El miedo, la distancia y la pasión
Del infierno al cielo la balanza
Colgados de un tal vez, pendiendo de un adiós
Del infierno al cielo andamos
De la mano y sin bendición

Quién dicta cada regla
Quién hablara de un sueño
Quién pide algún perdón
Quién reza en esta espera
Quién busca en cada empeño
Vendernos el amor

Quién no torció el camino
Haciendo del destino algo mejor
Quién abrirá las alas para volver al sol

Del infierno al cielo todavía
Bebiendo de este vaso otro ciclón
Del infierno al cielo y sin guarida
Robando libertad, rentando al corazón
Del infierno al cielo el llanto
Y entre tanto sólo una canción


Alejandro Filio

domingo, 11 de octubre de 2009

Al borde del abismo....




"Venid al borde del abismo, les dijo. Ellos dijeron: Nos dá miedo. Venid al borde, les dijo. Fueron. Los empujó...Y volaron"
Guillaume Apollinaire (1871)


Tengo muchos miedos, muchas cosas que me impiden pasar de lo que soy a lo que quiero ser, aquello que forma parte de mi esencia.
Tomo riesgos muchas veces o más bien me muevo por impulsos, la mayoría de las veces en que creo me arriesgo. Siempre en cosas que no implican un cambio, un crecimiento.
Existen trabas que me impiden SER. "No me animo", "no puedo", "no me lo merezco", "no puedo hacerlo porque no voy a hacerlo perfecto", "no tengo tiempo" y podría seguir enumerando.....
Ocupo mucho tiempo y energía en "mantener" lo que tengo, o más bien lo que creo que tengo...y eso me impide dar el salto...
Saltar...significa darme permiso para crecer, darme alas para volar...
He hecho todos los preparativos para el viaje, vengo haciéndolos diría diariamente. He trabajado en eso durante años, tengo las valijas listas, pero no puedo despegar...

Hoy quizás estoy más conciente. Es un primer gran paso. Uno de mis pies está adelantado...Sólo falta que "María, la conciente" se pare detrás de mi y me empuje......

domingo, 16 de agosto de 2009

....

Como siempre, las cosas aparecen o suceden en el momento justo. Ayer por la tarde me llegó un mail del Centro Transpersonal con un texto sobre el Amor consciente, que hoy voy a compartir.

Quizás este sea mi último post...no lo sé.

Nunca me arrepentiré de haber amado tanto.







Amor Consciente

En el momento en que nos oponemos a mantener confrontaciones con nuestra pareja, porque amenazan el statu quo que nuestro ego lucha por mantener, es cuando nuestra lucha de almas empieza de verdad. Podemos tratar de defendernos racionalizando nuestra actitud o invalidando las observaciones del otro, lo que tan sólo fuerza a nuestra pareja a gritar más fuerte, para que la escuchemos. Y, a su vez, nos lleva a excavar más profundo nuestras trincheras de batalla. Los conflictos de este tipo es probable que intensifiquen y destruyan la relación a menos que ambos podamos verlos como oportunidades para trabajar el alma.

A menudo nos resistimos a los enfrentamientos con nuestra pareja porque amenazan con hacer explotar nuestra protección, exponiendo partes de nosotros que pasaríamos un mal rato admitiendo. Sin embargo, al hacer desaparecer nuestra protección, nuestra pareja realmente nos está haciendo un favor porque mientras nos identifiquemos con esta protección -creyendo que somos la protección- nos mantendremos distanciados de quienes realmente somos.

Hay una historia sufí sobre un león, separado de sus verdaderos padres al nacer, que crece entre un rebaño de ovejas. Este cachorro de león actúa como una oveja porque cree que es una de ellas. Vive en un trance en el que cree ser una oveja.

Todos nosotros sufrimos un caso similar de identidad equivocada: somos una profundidad de alma que se hace pasar por un ego insignificante. Somos leones que se creen ovejas, escondidos tras una fachada de ovejas. Mientras continuemos pensando que somos ovejas, no obstante, estamos obligados a sufrir. ¿Cómo puede ser feliz un león viviendo como una oveja? No hay manera de experimentar verdadera alegría o plenitud cuando no estamos siendo lo que realmente somos.

Alguien con quien compartimos una conexión de almas ve el león que habita en nosotros, escondido tras la fachada de oveja. Sin embargo, cuando nuestro amante nos hace el favor de ver a través de nuestra fachada, solemos resistirnos. Al haber perdido contacto con nuestra naturaleza de león puede que nos hayamos apegado a nuestra identidad de ovejas. Sin ella, tememos perder nuestra singularidad, o quizá no ser nada en absoluto. Por ejemplo, un hombre que haya perdido contacto con su sensación de bondad fundamental puede que se haya conformado con ser un "buen chico" en su lugar. Es posible que cuando su pareja mire a través de esta fachada, se sienta aterrado al principio. Su disfraz de oveja no funciona, pero tampoco sabe todavía que es un león.

Momentos como estos nos llevan al filo de la navaja, ese momento de transición en el que una identidad empieza a abrirse, pero nada definitivo ha surgido todavía para ocupar su lugar. Si huimos aterrados de esta experiencia, nunca descubriremos al león que somos realmente. Sólo a través de abrimos a este filo y de enfrentamos a nuestro miedo a la nada podemos descubrir la verdad: que somos algo mucho más poderoso y real que ninguna de nuestras identidades autocreadas.

Por eso, cuando alguien a quien amamos, desafía nuestra fachada, si somos capaces de considerarlo una ocasión de trabajar el alma, en lugar de una victoria o una derrota, estaremos creando un nuevo contexto para esta clase de conflicto. Se convertirá en un combate sagrado.

La suavización y la valentía

Ciertamente, la vida sería más fácil si escogiésemos una pareja que se acomodase o sometiese a nosotros. Sin embargo, puesto que nuestra alma quiere liberarse de las viejas identidades que nos limitan, a menudo escogemos a alguien que, por el contrario, tantea nuestros resortes, golpea los barrotes de nuestra jaula del alma y que nos pone en contacto con sentimientos incómodos que hace tiempo que estábamos tratando de desterrar. Si nuestro objetivo es llegar a ser más conscientes en una relación, es importante reconocer que hay algo en nosotros que realmente quiere ser sacudido de esta forma, aunque nuestro ego pueda resistirse.

Mantener una visión más amplia de la relación puede ayudarnos a aceptar este reto, al recordamos que cuando la pareja empieza a golpear nuestra jaula, es para un bien mayor: ayudarnos a madurar y a abrimos. Cuando consideramos tal fricción como parte de nuestro trabajo del alma, nuestra lucha es más genuina y real, se convierte en una cualidad sagrada en vez de destructiva. Puede convertirse en una astuta danza, como el aikido, que se basa en utilizar el ataque del oponente como una oportunidad para caer, o rodar, por encima de todo para que podamos aprender a movemos fluidamente, sin rigidez. El propósito de esta lucha es suavizarte: te ayuda a descubrir que eres algo más profundo, más rico, y más fluido que cualquier identidad del ego a la que estés aferrándote.

Desde esta perspectiva, tu pareja no es un adversario, sino alguien que sirve a tu desarrollo. En el aikido y en otras artes marciales orientales, siempre te inclinas ante tu adversario, como manera de expresar lo que a tu alma le gustaría declarar: «Te honro y te respeto como un oponente digno, y valoro la oportunidad de aprender y crecer a través de este combate contigo». No es por accidente que las metáforas de amor y guerra -de persecución y rendición- están a menudo asociadas. El dios del amor, armado con flechas para penetrar nuestro duro exterior; destruye nuestras autocomplacientes fachadas y nos perfora hasta el núcleo.

Aproximarse al conflicto de la relación con este espíritu provoca que éste se entrene para convertirse en guerrero, -en el sagrado, y no en el mundano, sentido del término. En su libro, “Shambala: la senda sagrada del guerrero”, Chogyam Trungpa define guerrero como «el que es valiente». La valentía implica una voluntad de dejar que nuestras defensas y escondites queden expuestos, para que podamos abrimos más completamente a la vida. Ser un guerrero en una relación significa estar dispuesto a afrontar nuestro dolor y nuestro miedo, en lugar de tratar de evitarlos continuamente.

No cabe ninguna duda de que nos será difícil abrirnos de esta manera, o suavizarnos en el conflicto, a menos que también compartamos una conexión de corazones mediante la cual sintamos que nuestra pareja básicamente nos ama y nos acepta tal y como somos. Tiene que existir buena fe y buena voluntad por ambas partes. Cuando mantenemos una conexión basada en la buena fe y la buena voluntad, todo lo que tenga que decir nuestra pareja sobre nosotros contendrá algo de verdad que nos puede resultar beneficioso oír. Por supuesto que nuestra primera reacción puede ser defensiva: «No quiero oírlo.» Es posible que pase algún tiempo antes de que seamos capaces de reconocer la verdad de lo que está diciendo nuestra pareja, antes de que permitamos entrar al mensaje, y admitamos, «Bien, puede ser que tenga razón».

Así es como normalmente necesitamos relajar nuestras defensas en un principio: abriendo una pequeña rendija de la puerta cada vez, en lugar de tratar de apartar sus defensas de una manera enérgica. Sobre todo, es importante ser amables con nosotros mismos en los momentos en los que nos sentimos amenazados por lo que nuestra pareja está diciendo. Si nos culpamos o nos atacamos cuando nuestra pareja nos muestra alguna verdad desagradable sobre nosotros, esto sólo nos hará contraernos y endurecemos más. El ser amables con nosotros mismos nos proporciona apoyo cuando más lo necesitamos y este apoyo interior nos presta coraje para que así podamos relajar nuestras defensas y escuchar las preocupaciones de nuestra pareja.

Así pues, la suavidad y la valentía van mano a mano. En palabras de Trungpa, "Descubrir la valentía proviene de trabajar con suavidad el corazón humano". Por otra parte, «la valentía es tan frágil como la porcelana china. Si uno la deja caer, se romperá». Esta combinación de coraje y ternura es esencial para una relación consciente. Nos permite escuchar las cosas difíciles que aquellos que amamos tienen que decirnos, y aprender las lecciones del alma que nos ayudarán a liberar el león que somos.

Del libro “Amar y despertar”, de John Welwood, Ediciones Obelisco.